28.4.14

El hombre de la calle



Esta es la historia de uno de pueblo que un día se fue a vivir a la ciudad. Lo que viene a continuación se lo he contado únicamente de palabra alguna vez a algún amigo, pero nunca lo he llegado a poner por escrito. He tenido mucho tiempo para pensar bien en todas estas cosas, y sobre todo he tenido tiempo para sentirlas.

Comenzaré así: hasta un momento de la historia, de mi historia, todo era campo, caminos de tierra por los que pisar, eras en las que revolcarse, ríos en los que mojarse; todo era tierra a mi alrededor, en esa tierra se sembraba y se plantaba, en esa tierra llovía y el agua era absorbida por la propia tierra, por sus raíces, por sus plantas. Y de pronto, un día, fui ‘trasplantado’ a la ciudad. Me fui allí porque aquel era el lugar en el que poder ‘estudiar’. Estudiar es ahora para mí una palabra que nada tiene que ver con aquel ‘estudiar’ de cuando tenía doce años. 

Fue llegar a la ciudad y comenzar a observar que los caminos de tierra habían sido cubiertos por cemento, que con el asfaltado de las calles se habían instalado también las luces artificiales y todo lo que ello trae consigo. El niño de pueblo que iba por los caminos de su aldea saludando a todos, cuando llegó a la ciudad ya no saludaba a nadie. De un día para otro ese niño se convirtió en alguien solitario y anónimo, exactamente igual que otras muchas personas que conozco.

¿Cómo puede describir el que acaba de llegar a la ciudad todo ese espectáculo de brillos y de sombras que llega hasta sus ojos? Voy a intentar usar únicamente las palabras justas, aunque he de reconocer que no me resulta fácil. Voy a crear varias categorías para abarcar una cosa que en realidad es inabarcable. Lo primero en la ciudad son las MERCANCÍAS, mercancías de todo tipo: comida, ropa, enseres, incluyo aquí también a la prostitución pues se trata de una mercancía, mercancía sexual; posiblemente el trabajo asalariado sea también una mercancía. Lo segundo son las PUERTAS: las puertas blindadas de las casas, las puertas también blindadas de los bancos, las puertas de las comisarías, las puertas de las oficinas, las puertas de las iglesias, las puertas de los cementerios. Lo tercero son LOS ESCAPARATES Y LOS ESCENARIOS, es decir los teatros, los cines y las aulas, además de los escaparates de los comercios que inundan la ciudad de un cristal en el que verse reflejado todo el tiempo, un reflejo que en realidad no sirve para nada; lo quinto son LOS LABERINTOS: el metro, los mercados, los estadios, los hospitales, los centros de congresos y de exposiciones. Y lo sexto es EL ‘RECUERDO’ DE LA NATURALEZA: los parques, los lagos, las plazas de tierra, los campos de deporte, los huecos de cielo azul que quedan entre un edificio y otro.

Cuando llegas a la ciudad ves que por un lado irrumpe la masa informe de personas, para contrarrestar esa masa informe surge el individuo, un individuo que por lo general deambula solo por las calles, que lleva encima sus fobias y que quiere pasar por los sitios borrando cualquier rastro. Destacan sobremanera ‘los embozados’ de cada momento; cuando yo llegué a la ciudad sobresalían los hippies, pero luego llegaron los punkies, luego los heavies, los modys, los indis, los ejecutivos, y cómo no los policías, bomberos y demás, porque lo más llamativo de todos estos grupos es que cada persona lleva su embozo, es decir su uniforme. 

En la ciudad irrumpe sin remedio un tipo de persona inconfundible: el hombre de la calle. En la ciudad todos somos hombres de la calle. Ese hombre de la calle camina por la ciudad-río y va viendo que los bosques primitivos son ahora los edificios; los mares ancestrales, los desagües y las cloacas; el sonido del viento, las sirenas de las ambulancias; los lagares donde pisar la uva son ahora los bares; los relámpagos son las farolas; las tierras donde sembrar el trigo son las panaderías y las pastelerías; los recuerdos de aquella tierra virgen dejada atrás son ahora la melancolía y los sueños soñados durante la noche, porque la ciudad es sobre todo el territorio de la noche.

Toda ciudad es una ciudad amurallada, encerrada en sí misma. La ciudad es el viejo sueño humano de la riqueza y de la prosperidad convertida ahora en cárcel donde el individuo ha quedado atrapado, ensimismado.

Toda ciudad es un gran almacén, almacén de personas y almacén de cosas. Para poder explicar que la ciudad es un gran almacén, vuelvo otra vez a esa calle de tierra que un día fue embadurnada de cemento (asfaltada); el emblema por excelencia de la calle de tierra que un día fue asfaltada es el cementerio, que aunque la palabra proviene de dos palabras latinas: “semen” (semilla) y “terra” (tierra), que más o menos vienen a significar “semilla en la tierra”, en realidad 'cementerio' suena más a ‘ciudad de cemento’. Así es la imagen que se compuso ya entonces en mi mente siendo casi un niño: los hombres de la ciudad que pisan el cemento mientras están vivos, cuando mueren se les hecha también cemento encima.

La ciudad es el lugar donde fue creada ‘la cultura’; es curioso que al ser la ciudad el centro creador de la cultura, ésta quedó desligada completamente de la naturaleza, cuando precisamente lo más ‘culto’ que hay es la naturaleza misma. Un ejemplo claro de lo que acabo de decir es la creación de la figura del artista, el artista moderno, el artista de ciudad,  un concepto basado en la exposición exterior de 'obra artística' en base a potenciar su imagen (su ego), y sobre todo encaminado en la venta de su obra. Contrasta el artista con el artesano, porque el verdadero artista es el artesano, una persona sin ego de ningún tipo que no busca proyección social ni busca enriquecerse con la venta de su obra. El que viene del pueblo sería un artesano que al llegar a la ciudad se 'convierte' en artista. Y esto está muy relacionado con el que llegaba del pueblo y deambulaba por la ciudad hasta que un día alguien le daba un empleo. Y él, que era libre y pobre en su tierra natal, pasaba a ser esclavo y rico en su nueva vida en la ciudad. Al cobrar su primer sueldo comprendía que aquello significaba el fin de la libertad. El sueldo tiene que ver con el consumo. La ciudad es un 'artefacto' diseñado enteramente para consumir. La ciudad te está pidiendo todo el tiempo que compres lo que no necesitas, porque a la ciudad nos la han 'vendido' como el lugar en el que satisfacer todos los deseos. Después de haber vivido yo en la ciudad muchos años, me atrevo a decir que justamente la satisfacción de todos los deseos es la fuente de nuestras mayores miserias.

Acabo ya con una última referencia a la esencia de la ciudad. La esencia de la ciudad es la ciudad densa, enloquecida, la que no te deja mirar al horizonte, porque resulta que en la ciudad no hay horizontes; en la ciudad a duras penas se puede mirar al cielo, un cielo raquítico y muy alejado del suelo, igual que en la espectacular fotografía hecha en Hong Kong por el diseñador Romain Jacquet-Lagrèze.